Amnesia
Entonces cerró los ojos y pudo oler el aroma a durazno recién cortado de Enzo y, sin abrir los ojos, se preguntó: —¿Debería convertirme en Zulema?
I
Amaneció tirada desnuda en algún living. Estaba envuelta en una alfombra gris y, de fondo, salía música de una TV moderna. La música retumbaba con un bajo que la hacía vibrar contra el suelo. No abrió los ojos, solo se abrazó mientras llevaba las rodillas a su pecho. Intentaba buscar algo que la invitara a abrir los ojos, pero no encontró nada. Se retorció y se abrazó más fuerte en una posición fetal contraída, rígida, perdida en aquella música que sonaba tan fuerte. Entonces, alguien cantó: “Atrévete a ser tú”, y lo sintió como un latigazo en el centro de la espalda; se arqueó con fuerza y se levantó de un salto.
—¿Quién soy?
Fue lo primero que se asomó a su cabeza. Caminó tres pasos lentos mirando a su alrededor, como tratando de descifrar qué era aquella caja con muebles, cama, espejo, botella de vino en el suelo y un TV que cantaba a gritos. El espejo era inmenso, capaz de descubrir hasta la próxima centuria. Se acercó tanto que se metió en el espejo y entonces pudo ver su rostro, su cuerpo desnudo. Su rostro era fresco, con mirada intensa. Tenía pestañas largas, ojos negros, pelo negro rozándole los hombros y piel morena.
Puso las manos sobre su cuello y vio algunos pliegues.
—¿Desde cuándo estoy aquí? Este cuello delata el pasar de algunos años. ¿Cuántos años? Quizás 30, quizás 40, esa debe ser mi edad.
Entonces llevó las manos a la cabeza, agitando el pelo a la par que no quitaba los ojos del espejo.
—Tengo información en la cabeza; no está vacía, solo no sé quién soy. ¿Qué me gusta?
Hizo una larga pausa, y la única respuesta que obtuvo fue silencio.
—¿Cuál es mi olor favorito?
Y volvió a responder el silencio.
—¿Estoy sola?
Y el silencio cada vez más se hacía eco de cada respuesta vacía.
Siguió mirando su cuerpo, acarició sus senos, su abdomen, que suponía que hacía algunos ejercicios. Entonces llegó a su vientre. Su vientre, marcado por una enorme cicatriz. La acarició y dijo:
—¿Y esto? ¡Hay aquí una herida de guerra!
Entonces preguntó:
—Marca intensa, ¿qué me quieres contar tú? ¿Eres una apendicitis?, ¿eres una caída? O acaso eres una heroína generacional. ¿Quién eres tú que escribes sobre mi cuerpo?
Sus ojos se llenaron de agua, dejó caer densas gotas de lágrimas al suelo y preguntó con poder, como un reclamo, apuntando con el dedo índice a la cicatriz:
—¿Cómo llegaste a mi vientre? ¿Cómo eres tan intensa? ¿Cómo divides esta parte de mi cuerpo en este y oeste?
—¿Cómo es que ahora eres parte de mi vientre? Mi vientre puro, mi vientre de amor, mi vientre de renacer, mi vientre de crear, mi centro de energía... mi vientre.
Borró las lágrimas de su rostro con desdén y pronunció como un conjuro:
—Aun no siendo, soy. Si es una herida de guerra, estoy segura de que es una batalla que yo superé.
Bajó la vista y recorrió todo su cuerpo; llevó la vista a sus manos, como tratando de entender el mapa en ellas, y dijo:
—¿Tú qué has sostenido? ¿Qué has construido? ¿Has cuidado algo? ¿Dejaste ir lo que molestaba?
Entrelazó sus manos, encorvó sus hombros, cerró sus ojos, llevó su frente a sus manos y dijo:
—¿Y ahora?
Desató sus manos, ahora las llevó a su cintura, llevó el cuello hacia su espalda y, mientras movía la cabeza de un lado a otro haciendo girar las luces del techo, sintió una voz que salía de sus entrañas y dijo:
—Ahora, toca vivir.
II
Miró a través del espejo y vio ropas sobre una silla: una falda negra, una camisa negra y unas botas negras, todo tirado. Dio un giro, levantó las ropas y dijo:
—¡Qué anticuada! Esta falda llega a los tobillos.
Giró la vista, vio un bolso, lo agarró, caminó hacia la cama y lo sacudió con fuerza. Salió una cartera con unas pocas tarjetas, 500 pesos y una foto de Jesucristo con una oración cortita: “Dios nos hizo para ser felices”.
A continuación, salió un perfume árabe espeso que olía a jazmín, a vainilla y a naranjas. Lo olió y dijo:
—¡La dueña tiene buen gusto!
Después salió un libro de Joe Dispenza: “Deja de ser tú”. Siguió moviendo y salió un costurero.
Agarró el costurero y fue a la silla donde moraban todas las ropas negras. Se midió la falda desde la cintura hasta cinco dedos por encima de la rodilla y cortó desde abajo hasta la marca con la diminuta tijera. De ahí, en forma de triángulo, volvió a cortar. Se sentó sobre la alfombra gris, con los pies cruzados, y comenzó a coser un enorme dobladillo.
Ya no escuchaba la música; eran ella, la aguja, el silencio y la decisión dejando perfección en aquella tela mal cortada.
Cuando al fin terminó, fue a la ducha y sin pensar se metió entera.
—¡Qué agua fría! —protestó.
Miró las llaves y abrió el agua caliente, dejando al chorro hostigador en un estado de tibieza mejor.
Dejó que el agua la dibujara como un despojo. Salió, secó su piel, secó su rostro y su cabello con un pequeño secador blanco.
Fue hacia la silla donde ahora estaba la ropa organizada y se vistió con ella. La camisa la dejó desabotonada hasta el tercer botón. Se puso la falda, que dejaba ver su pierna hasta cinco dedos por encima de la rodilla. Se puso un cinto negro y unas botas altas que encontró.
Fue a la cama y volvió a llenar el bolso. Entonces vio un lápiz labial marrón, se lo puso en los labios y dijo:
—Qué conservadora esta tipa.
Salió de la habitación y al mirar se dio cuenta de que estaba en una especie de hotel. Sintió muchas miradas con extrañeza sobre ella, sobre su muslo desnudo, sobre su camisa desabotonada y pensó:
—¿Qué le pasa a esta gente?
Y entonces la misma voz que la mandó a vivir dijo:
—No tienen vida propia.
Preguntó a una chica que llevaba una copa en una bandeja:
—¿Hay tiendas de cosméticos aquí?
Y la chica, con voz amable, respondió:
—Sigue al final del pasillo, baja la escalera a la izquierda y ahí está Bertha.
—¡Gracias! —le dijo mirándola a los ojos.
Siguió caminando como si fuera la reina de esa pasarela.
—Bertha, buenos días. ¿Cómo estás?
—Hola Amanda. ¿Cómo has estado?
—¿Amanda? —interrogó—. ¿Me conoces?
Y entonces Bertha, extrañada y con voz dudosa, dijo:
—De conocerte, no te conozco. ¡Nadie conoce a nadie! Pero ayer viniste por un labial marrón.
Entonces rio mientras decía:
—¿Yo soy la dueña de esa antigüedad?
Bertha la miró extrañada; esta manera contrastaba mucho con la mujer conservadora del día anterior.
Miró a Bertha y con tranquilidad y cierta sensualidad que brotaba por todas partes dijo:
—Hoy soy Zulema.
—¿Me puedes maquillar? Lápiz labial rojo, algo que resalte la belleza de este rostro. Quiero lucir natural, como si no estuviera maquillada; que lo único que delate mi esencia sean mis labios. Que solo mis labios sean el adorno de mis palabras. Y el cabello quiero una cola alta estilizada como la de Beyoncé en la alfombra roja.
—¿Puedes hacerlo?
—Sí —respondió Bertha, aún sin salir del asombro y pensando para sus adentros: “¿Qué le pasó a esta mujer?”
III
Después de maquillada salió del hotel y caminó por la acera tratando de adivinar el lugar. Grandes rascacielos, autos a toda velocidad y el ruido de una ciudad moderna crujiendo la pusieron en sobre alerta.
—¿Qué es esto? —se dijo.
Caminó unas cuadras más entre multitud de personas alocadas yendo y viniendo. Se sintió un poco perdida y decidió entrar a un restaurante llamado “Si vas a comer, come”.
Se sentó en una mesa junto a una ventana que permitía mirar a la calle. En lo que trataba de descifrar aquel bazar, se le acercó un joven.
—Buenos días, ¿cómo estás? —Le dejó la carta—. La estaré atendiendo. Lo que necesite, por favor llámeme.
—¡Muchas gracias!
Agarró la carta y se aturdió.
—¿Qué me gusta? ¿Con qué sabor en la boca cierro los ojos?
Buscó con sus ojos al mozo y entonces preguntó:
—¿Qué comida saludable sirve para mantener mi cuerpo sano?
El mozo la miró extrañado.
“Qué rara cliente”, pensó.
Entonces dijo:
—Tenemos ensaladas, sopas de vegetales, arroces integrales. ¿Qué prefiere?
—Lo más rico y saludable. ¿Qué te gusta a ti?
—Yo no como saludable.
—¿Por qué?
—Porque vivo un día a la vez, como y hago lo que quiero.
—Uhmmm... pienso que hay que tener los límites que nos mantienen a gusto dentro del cuerpo.
—Me traes la ensalada de mariscos más gustosa, por favor.
Saboreó su comida. No cerró los ojos, pero quedó feliz...
Mientras pagaba la cuenta le dijo al mozo:
—Dime un lugar al aire libre, un lugar que me saque de este bullicio por unas horas.
—Hay una piedra frente al Río, es mi piedra favorita. Voy, me acuesto y es como si me recargara de energía.
—¿Dónde queda esa piedra?
—Camina tres cuadras rectas, dobla a la derecha y camina sin parar. Verás un mar y justo ahí está la piedra. Yo voy siempre en mis almuerzos.
—Gracias por confiarme tu lugar.
Se levantó y siguió las indicaciones como un robot.
Llegó y ahí estaba la piedra.
“Nunca había visto una piedra así”, pensó.
La piedra era grande; en ella fácilmente cabrían diez personas. Tenía diferentes tonos de gris, cada uno dividido por una silueta de gris cada vez más oscura. La piedra tenía manchas que dejaban al descubierto el paso del tiempo, el roce del agua. Estaba en medio del agua, lo que hacía que para llegar a ella hubiera que caminar con un equilibrio perfecto por una hilera de piedras dispuestas en líneas rectas.
—¿Quién habrá construido ese camino tan perfecto?
Se paró al inicio, se quitó las botas y ahora caminaba como una broma: botas a un lado, bolso al otro y dando puntapiés. Así llegó a la gran piedra.
Entonces sus pies descalzos la sintieron fría. Esa frialdad atravesó su piel y esto la hizo colocar sus pertenencias en el suelo y sentarse. Era un asiento perfecto, de textura lisa y servicial. Se acostó y un rayo de sol empezó a acariciar su rostro.
Entonces pensó:
—¿A esto te referías con vivir?
Dejó que el sol la acariciara; de pronto eran solo ella, la piedra, el sol y las sensaciones que recorrían su cuerpo.
Se dejó llevar hasta que una voz varonil la sacó de aquel salto entre dimensiones.
—Señorita, ¿está este lado de su piedra libre?
Guiñando un ojo para tapar la luz y mirar hacia arriba sin moverse, le respondió:
—Esta piedra es libre, es como es y punto; no depende de mis decisiones ni se anula por nadie.
—Entiendo... —respondió el chico de pelo alborotado por el viento y piel bronceada.
La había visto desde lo alto y le había parecido una escultura perfecta. El contraste de su piel contra la piedra lo había hecho querer ser parte de aquel cuadro. Su expresión placentera y femenina, parecida al nacimiento de Venus, fue lo que no detuvo aquel impulso y, sin darse cuenta, ya estaba parado sobre la piedra pidiendo permiso para ser parte de ese momento.
Se sentó en silencio, solo viendo al río hacerse olas, hacerse ondas, hacerse círculos.
Permanecieron sin hablar durante horas y comenzó a caer el sol sobre el ocaso. Ella se sentó y él la miró.
—Hola extraña, ¿cómo te llamas?
—Hoy soy Zulema, extraño. ¿Y tú quién eres?
—Hoy soy Enzo. Mucho gusto —extendió su mano.
Ella extendió su mano y, mirándolo de una manera en que sus ojos entraban en los ojos de él con cautela, respondió:
—El gusto es mío.
Entonces él se acercó un poco más y mirando el atardecer preguntó:
—¿Qué te gustaría hacer ahora?
Respondió ella con un suspiro:
—Ser la novia.
—¿La novia de quién? —dijo Enzo, asombrado por el atrevimiento de Zulema.
—Tu novia hasta las doce.
—Seamos novios, novia —dijo Enzo.
—Te advierto: nada de besos, nada de hacer el amor. Nada de “quiero tocarte el culo”. Solo soy la novia, ¿de acuerdo?
—Eres muy directa, chiquilla —dijo Enzo sin dejar que el asombro saliera de él.
—Soy Zulema —dijo con una risa segura.
Enzo se levantó, le ofreció la mano y le dijo:
—Te llevaré a donde puedes ser una reina.
IV
Caminaron juntos por una gran avenida dados de la mano. Enzo miraba a Zulema como extrañado; nunca había vivido esa clase de espontaneidad.
Enzo la haló del brazo y entonces entraron por la puerta del edificio 306.
—¿Qué es este lugar, Enzo?
—Ya te dije, donde seremos reyes.
Entonces la llevó a un elevador antiguo, con rejas negras un poco oxidadas. Abrió las puertas como quien conoce muy bien a dónde va, cerró las puertas y dijo:
—Prepárate para ver otra ciudad.
Presionó el piso 20 y comenzaron un ascenso al cielo.
—¿Siempre has vivido aquí?
—¿Por qué sabes que vivo aquí?
—Por cómo entraste.
Siguieron ascendiendo y Enzo preguntó:
—¿Y tú qué haces en esta ciudad?
—La verdad no sé, pero tampoco quiero saber. Prefiero vivir aquí y ahora. Ya mañana develará el futuro.
Entonces llegaron a un rascacielos y la cara de Zulema se transformó.
—¡Qué lugar es este, qué mágico!
Dejó que el aire la envolviera y se acercó a la baranda.
Estaba la ciudad a sus pies. Todo abajo se volvió diminuto. A la altura de su mirada, otros rascacielos competían para ver quién era más majestuoso. El cielo daba la impresión de estar más cerca que nunca.
Entonces lo miró y dijo:
—¡Tenías razón, Enzo! Esto es magia pura.
—Mira allá, ¿ves el parque más grande de la ciudad? Dicen que es su pulmón verde. Esto aquí —señaló a la izquierda— es un lago; ahí van y caminan descalzos los que quieren recargarse de energía. ¡A la derecha, mira aquí, Zulema!
—¿Dónde, Enzo?
—¿Esta torre que tiene una terraza al aire libre, la ves?
Y entonces vio pequeños árboles alumbrados con luces amarillas.
—Esa es mi cafetería favorita.
—Te digo, mi lugar favorito ahora es este rascacielos; es una mezcla de todo: aire, el olor que desprende ese jazmín mezclado con durazno —y señaló una maceta con una planta de jazmín enorme—. Todo tiene magia.
Enzo le tomó las manos y dijo:
—Somos reyes, te lo dije.
—Lo somos —dijo Zulema—. Que el mundo se entere de que estamos aquí.
Entonces Enzo gritó a viva voz para que el aire transmitiera el eco de sus palabras:
—¡¡¡¡Estamos aquí!!!!
Zulema se rio a carcajadas mientras lo miraba, aceptando totalmente la vibra de aquel extraño que la hacía reír y descubrir cosas que no había visto.
En solo unas horas había aprendido:
Hay placeres que se disfrutan en silencio. A veces las cosas más intensas no necesitan palabras; basta una piedra tibia bajo el cuerpo, un atardecer cayendo lento o una compañía que no exige nada.
Dejarse llevar por el momento da vida. Hay instantes que no piden explicaciones ni planes, solo permiso para existir. Cuando uno deja de intentar controlarlo todo, algo dentro comienza a respirar.
La seguridad en una misma cambia la manera de comunicarse. No era hablar más fuerte ni caminar más lento; era mirar a los ojos sin pedir permiso, ocupar espacio sin disculparse y existir sin esconderse.
Se puede ser reina si quieres serlo. No por una corona ni por un reino, sino porque hay una forma de habitar el cuerpo y el alma que hace que el mundo deje de sentirse tan grande y uno deje de sentirse tan pequeño.
—¡Gracias, Enzo! Me regalaste un lindo momento.
Besó su mejilla y dijo:
—Me despido por hoy, extraño.
—¿Ya te vas?
—Sí, regreso al hotel. Si quieres, mañana nos vemos.
—¿Te llamo un taxi?
—Sí, por favor. Pídelo hasta el Hotel Nueva Era.
V
Entró al ascensor sonriente, puso la tarjeta en la puerta y entró a la habitación. ¡¡¡Ahora sonaba al ritmo de Afro House: “Puse sábanas nuevas... pero... mi cama todavía huele a ti, me embarqué en un viaje, ¡¡¡oh...”!!!
—Suena bien... —susurró.
Quitó las botas en la puerta, dio dos pasos, tropezó con una silla y cayó al suelo. Cuando se levantó ya no estaba en el living de un hotel. Dormía en el sofá de una oficina, vestida de blazer y con tacones negros en sus pies.
Había un escritorio con una Mac y un teclado blanco. Un librero lleno de libros. Sobre la mesa, un búcaro con flores naranjas artificiales y un cuadro que dibujaba un atardecer africano.
—Ay no...
Puso la mano sobre su frente al mismo tiempo que la giraba.
Entonces entró Bertha, su secretaria, la misma chica de la tienda de cosméticos, y le preguntó:
—Amanda, ¿se quitó tu dolor de cabeza?
—Sí, Bertha, muchas gracias —respondió con resignación.
Entonces cerró los ojos y pudo oler el aroma a durazno recién cortado de Enzo y, sin abrir los ojos, se preguntó:
—¿Debería convertirme en Zulema?



